3. El mal
Una tercera posición axiológica extrema puede aún ser examinada: se trata del mal, es decir de la posición axiológica según la cual la crueldad, la violencia y el sufrimiento ajeno tienen un gran valor. Esta posición se distingue radicalmente de la del Eclecticismo porque no se resuelve en la afirmación del valor del Todo. El bien, la moral, la búsqueda de la felicidad ajena, la compasión no son para el amante del mal más que cosas despreciables.
Esta posición parece difícil de concebir ya que se observa que un gran número de obras sobre la moral no dan nunca la palabra a autores que han afirmado el valor del mal, como Sade por ejemplo. Sin embargo, eso sería, según nos parece, lo primero que habría que hacer, pues solo se puede responder a quien ataca la moral después de haber escuchado de verdad lo que afirma. Se advierte incluso que obras dedicadas al problema específico del mal carecen de toda referencia a los inmoralistas.
Es un tipo muy particular de mal el que nos interesa aquí. No se trata del mal que se comete por ignorancia o por coacción o involuntariamente. No se trata del mal que yo cometería por una inserción difícil en una sociedad injusta que me rechazara según una perspectiva querida por los sociólogos. Ni del mal cometido porque la estructura fisiológicamente deficiente de mi cerebro alienara mi juicio.
En una palabra, es el mal sin excusas lo que intentamos pensar, es decir el mal que procede de la afirmación axiológica consciente, razonada y voluntaria: «el mal tiene un gran valor» o «el mal tiene más valor que el bien». Llamaremos «mal radical» a tal posición.
La mera posibilidad de que un hombre pueda sostener una idea semejante nos parece raramente admitida ya que hoy dominan las explicaciones sociológicas, biológicas o psicoanalíticas del mal. Según estas últimas, el amor del mal aparece entonces como un síntoma, una enfermedad social o psicológica cuya causa hay que buscar para curar al enfermo o a la víctima (de una sociedad alienante).
Para el axiólogo, por el contrario, el amor del mal es una doctrina perfectamente consistente y digna de ser tomada en consideración, dado que, mientras el valor de la moral siga sin estar fundado, no existe por el momento ninguna condena seria de la inmoralidad que nos permita concluir que carece de valor.
Sostener que el mal es un síntoma o una enfermedad es imaginar que ningún hombre puede elegir racionalmente y con pleno conocimiento de causa el mal o que el mal no podría ser amado por sí mismo. Solo porque un hombre se ve obligado a ello (por la sociedad, por su infancia, por la estructura anómala de su cerebro) se entregaría al mal.
El axiólogo sostendrá, por el contrario, que al no estar fundado ningún valor el amor del bien no es por ahora más racional que el amor del mal, que si efectivamente muchas malas acciones pueden encontrar una explicación psicoanalítica o sociológica existe cierto tipo de mal que tenemos que tomar en serio y que se afirma en la siguiente posición axiológica: el mal es el valor supremo.
Tenemos que tomarla en serio por un afán de neutralidad, pues en un momento dado de nuestra reflexión debemos dar una oportunidad al mal, de lo contrario el inmoral tendría razón al afirmar que la investigación axiológica es parcial y por ello está condenada al fracaso. Debemos por tanto, aunque hiera nuestros sentimientos más profundos y aunque nos estremezcamos al pensar en todo lo que se esconde tras esta proposición, admitir que quizá el mal tiene un valor…
También aquí resulta difícil encontrar un autor que defienda una posición semejante, como ya ocurría con el Eclecticismo. Dos nombres pueden venirnos espontáneamente a la mente, Nietzsche y Sade, sin embargo, como vamos a ver, no nos parece que puedan ilustrar lo que llamamos el amor del mal.