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El Eclecticismo podría acercarse también a ese tipo de doctrina que se llama «teodicea». La teodicea, o justificación de Dios, tiene por objeto exculpar a Dios del mal que se encuentra en el mundo: ¿cómo conciliar la existencia, la bondad y la omnipotencia de Dios con el hecho de que el mal reine en el mundo? ¿Cómo puede un Dios pretender ser honrado cuando guarda silencio en las guerras dejando perecer a millones de almas sin intervenir?

Leibniz, en sus célebres Ensayos de Teodicea, se aventura en esta tarea extraordinaria: defender la causa de Dios.
Sin pretender entrar en el formidable entramado argumentativo que Leibniz pone en marcha —las distinciones entre los distintos tipos de voluntad (antecedente y consecuente, permisiva y productiva), los distintos tipos de mal (metafísico, moral y físico), de ciencia (de simple inteligencia, de visión o media), su análisis de la Gracia, etc.— podemos comprender sin embargo en qué sentido la teodicea puede acercarse al Eclecticismo.
Esta justificación de Dios se apoya en parte en la idea de que lo que nos parece un mal es a menudo en realidad un bien si se lo considera desde otra perspectiva: Los males […] se convierten a veces en bienes subsidiarios como medios para bienes mayores1. Por consiguiente: Siempre que algo nos parece censurable en las obras de Dios hay que juzgar que no lo conocemos lo bastante y creer que un sabio que lo comprendiera juzgaría que ni siquiera se puede desear nada mejor2.

Vemos, una vez más, lo que parece aproximar las teodiceas al Eclecticismo. Sin embargo, el Eclecticismo vuelve a mostrarse irreductible a estas doctrinas afines por dos razones.

En primer lugar, en las teodiceas el mal no tiene valor en sí mismo, su valor le viene del hecho de que es un medio para alcanzar un bien mayor, es decir que en última instancia es en cierto modo él mismo un bien.
Las teodiceas afirman más bien la inexistencia del mal que su valor en sí mismo, porque lo reducen a una especie particular de bien, o bien, si admiten su existencia, no admiten nunca que tenga un valor en sí y por sí, sino únicamente porque es condición sine qua non del fin que sí tiene realmente valor: el bien.
Ahora bien, el Eclecticismo, esta doctrina que intentamos captar, es una doctrina axiológica que afirma que todo tiene un valor en sí, no en relación con tal o cual cosa o con tal o cual perspectiva, todo tiene un valor absoluto.

Por otra parte, la teodicea de Leibniz tiene la particularidad de no afirmar que el mundo es perfecto, sostiene al contrario que en este mundo hay imperfección pero que Dios ha creado el mundo que contiene la menor imperfección posible, de ahí su célebre fórmula según la cual el mundo es el mejor de los mundos posibles: Dios, entre las series posibles de las cosas, infinitas en número, ha elegido la mejor y […] por consiguiente la mejor es precisamente la que existe en acto3.

¿De dónde viene esa imperfección que reside a pesar de todo en el mundo? Del mal en cada una de sus tres formas: el mal metafísico (la imperfección), el físico (el sufrimiento) y el moral (el pecado). Por ello el mal tiene un valor negativo, es fuente de imperfección y no de perfección. El único valor que en raras ocasiones puede adquirir es el de ser medio para un fin superior, la realización del bien.

Esto termina de distinguir la teodicea del Eclecticismo, que atribuye un valor absoluto al mal como por lo demás a cualquier otra cosa.


Podemos preguntarnos por tanto si encontraríamos a un pensador que hubiera sostenido una posición axiológica semejante; probablemente no. Y podemos incluso imaginar que ningún hombre haya compartido jamás esta doctrina. En realidad nos parece que eso importa poco. El axiólogo es precisamente aquel cuya tarea consiste en examinar las diversas doctrinas sobre los valores que puedan concebirse; si saca a la luz una de ellas que nunca haya sido vivida esto constituye para él un triunfo de buscador de oro.


1. Ensayo de Teodicea, §35
2. Ibid., §47
3. Ibid., §41